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Sobre los terremotos manchegos y sus otras consecuencias en la ordenación del territorio, sin demagogia



Hablar públicamente sobre peligros geológicos siempre conlleva intentar contextualizar, al comienzo, muy bien el asunto. ¿Por qué? Pues porque los peligros geológicos propician –en potencia- situaciones complicadas, como las recientes crecidas fluviales en Valdepeñas (y en otros términos municipales de la Comunidad) debidas a la ansiada (pero siempre “culpable” e “incomprendida”) lluvia, o ese volcanismo desolador e imparable y dramático de Hawái o de Guatemala que durante estos días sensibiliza o “llama la atención” tanto a tantos. Claro, esta sensibilización ocasional y temporal del ávido oyente es un “caldo de cultivo” perfecto para que en éste proliferen discursos y tertulias y opiniones habitualmente de dudosa seriedad o rigor, y sí interesadas: la demagogia surge, pues, de manera irremediable para beneficio único de los más astutos o pillos y de los buscadores multicolores y variados de “trending topics”...
Es triste que esos peligros geológicos citados o que ese concepto general de lo “geológico” –que es primordial, pues se refiere al medio físico donde todo lo nuestro ha sucedido, sucede, y sucederá- sólo se perciba mediáticamente y sólo interese administrativamente, cuando estén “por medio” catástrofes naturales, o el agua transvasada entre una y otra región, o, por poner otros ejemplos, la posibilidad de investigación minera de procesos vinculados con el “fracking” o las “tierras raras”.
Pues bien, uno de esos peligros geológicos latentes es el de la actividad sísmica: la posibilidad de que ocurran terremotos o sismos, con todo lo que esta circunstancia implica para la población. Y si con el agua que inunda o se transvasa o se extrae de medios acuíferos, o con los asuntos del “fracking” o de las “tierras raras”, no se debiera hacer una gestión basada en el albur caprichoso de la demagogia, qué no debiera ocurrir con este asunto de los sismos…
Cuando se considera cualquier acto natural –como la ocurrencia de terremotos en un sector determinado-, lo mejor es intentar lograr cada vez más, y más, información y, mediante el análisis técnico de ésta- gestionar y ordenar territorialmente en consecuencia. Y, por supuesto, también es bueno divulgar, pues cuánto más se divulgue menos hueco quedará para la acción interesada de los demagogos… Tal es el objetivo de esta reflexión: nada de alarmar innecesariamente pero sí necesariamente informar divulgando.
Hecha esta contextualización previa, obligada por tratarse la actividad sísmica de un peligro geológico tan mediático, procede mostrar gráficamente datos. No es necesario profundizar –estimo- ahora y aquí en las causas que generan la actividad sísmica en el sureste de Castilla-La Mancha, aunque sí debe saber el lector que sin conocer estas causas es temerario y demagógico que uno ose atreverse a divulgar sobre este peligro. No considero que sea éste el caso, y lo aclaro dada la relevancia posible del asunto. No se muestra esta información gráfica, entonces, sólo como quien pudiera hacerlo tras recopilar la información de terremotos registrada desde hace décadas por el Instituto Geográfico Nacional (IGN) y la plasmara, directamente, sobre un mapa topográfico. Hacer eso sería algo semejante, por ejemplo, a lo que realizan algunos informativos de la televisión cada vez que ocurre un terremoto en Castilla-La Mancha, empeñándose en ubicar su epicentro en un mapa y en ubicar, a la vez y en este mismo mapa, al Almacén Temporal Centralizado (ATC) de Villar de Cañas, para concluir después la noticia con una frase dramática y angustiosa: “el terremoto ha ocurrido a 56, 80, o 126 kilómetros del emplazamiento del ATC”…
He preparado varios gráficos con los datos recopilados por el IGN (hasta el 18 de Mayo de 2018), en los cuales se solapan los epicentros de los terremotos sobre un mapa topográfico también del IGN (consultable todo esto en su página web). El primer gráfico muestra toda la actividad sísmica con terremotos con magnitudes inferiores o iguales a un valor de 3 en la Escala Richter: un total de 3.460 epicentros de terremotos. El segundo gráfico se refiere a toda la actividad sísmica con terremotos con magnitudes superiores a un valor de 3 e inferiores o iguales a un valor de 4, en la Escala Richter: un total de 107 epicentros de terremotos. El tercer gráfico se refiere a toda la actividad sísmica con terremotos con magnitudes superiores a un valor de 4 e inferiores a un valor de 5 en la Escala Richter: un total de 5 epicentros de terremotos (aquí se destacan tres ocurridos en o muy próximos a la provincia de Ciudad Real, con sus fechas y magnitudes oficiales). En todos estos gráficos se destaca, adrede, la ubicación aproximada de las “Tablas de Daimiel” (“TD”) y de las “Lagunas de Ruidera” (“LR”). Finalmente, un último gráfico solapa la actividad sísmica con Mb < 3 con los afloramientos volcánicos de Campo de Calatrava (formas poligonales con color de relleno amarillo) y, sobre todo, con una serie de trazas (trazo negro continuo) de zonas de fractura (logradas a partir del proyecto geológico de investigación “ABCO”): fallas reales (aclaro que no son las únicas, y que hay más).
¿Hay, tal vez, muchos más terremotos de los que el lector podría imaginar? Sea como fuere, procede comentar sólo, aquí, que la activación de algunas de estas zonas de fractura o fallas por parte de los esfuerzos litosféricos es lo que genera la actividad sísmica mostrada en esos gráficos: los terremotos. También procede comentar aquí que una actividad sísmica que supere la magnitud 3 Mb ya es fácilmente perceptible en las proximidades kilométricas a la zona epicentral. Para que se asimile lo que esto supone, basta considerar por parte del lector que la conocida explosión pirotécnica accidental del mes de Mayo en la localidad pontevedresa de Tui provocó un sismo de 1,3 Mb…, y que en esta escala logarítmica (como es la Richter), un terremoto de magnitud 4 Mb es diez veces superior en su liberación energética a un terremoto de 3 Mb, y cien veces superior a un terremoto de 2 Mb, etc. Por último, también procede comentar que la serie de datos del IGN empleada comienza en el siglo XX: en Geología y en Tectónica, un periodo máximo de registro de datos de localización de epicentros de terremotos de 118 años es, simplemente, apenas “nada”… Es decir, la representatividad incluso a la escala humana de la peligrosidad geológica por razones sísmicas -para los habitantes de este territorio manchegos de los últimos cuatro o cinco mil años- es muy pequeña.
La conclusión ha de ser inmediata: gracias al registro oficial (IGN) de apenas un centenar de años, puede confirmarse la existencia de una actividad sísmica moderada-baja en este territorio. Esta actividad sísmica es consecuente con la existencia de una red concreta (en absoluto aleatoria o “sin sentido”) de zonas de fracturas o fallas que resuelven a su través deformación o esfuerzo litosférico.
Si la actividad tectónica del planeta es la que se encarga de generar relieves (y la tenaz erosión de derruirlos), la existencia de esta sismicidad indica inevitablemente que este territorio nuestro es uno en el cual la vitalidad terrestre es evidente. Si los relieves manchegos están conformados por esta actividad tectónica que provoca sismos, también lo estará el volcanismo de Campo de Calatrava: en realidad, volcanismo y sismicidad son consecuencias (evidencias científicas difícilmente irrefutables) del mismo marco o contexto geológico que caracteriza al interior de la Península Ibérica (pero éste es otro asunto…). Y si el relieve manchego está condicionado por la existencia de estas zonas de fractura o de fallas, ¿cómo no habrá de estarlo el agua que se regula y fluye superficial y/o subterráneamente, por ejemplo, a través de estos relieves “activos” en la Cuenca Alta del Guadiana? ¿Cómo podrá la Reserva de la Biosfera de La Mancha Húmeda –con sus estandartes de singularidad mundiales de las “Tablas de Daimiel” y de las “Lagunas de Ruidera”- no quedar sometida a esta realidad tectónica, a la resolución, aquí, de esta vitalidad del planeta? ¿Cómo podrán los balances hídricos de las masas de agua superficiales y/o subterráneas del Alto Guadiana ser ajenos a esta realidad?
Evidenciado -sin demagogia, estimo- todo esto, considero que para lograr el deseado y obligado desarrollo sostenible de nuestro territorio, lo que procedería es gestionar y ordenar territorialmente sobre la base de argumentos geológicos reales (como los ahora “sólo esbozados”) el medio físico, sus peligros y los riesgos geológicos, y, por extensión, a sus asuntos referidos a las aguas superficiales y/o subterráneas, y a sus polémicos “fracking”, “tierras raras”, “ATC”, “transvases”, etc.
Aquel lector que pretenda hallar, después de esta argumentación, posiciones del autor favorables o desfavorables a estas polémicas mediáticas (u otras) fallará, pues sólo planteo aquí que a quien le corresponda tomar oficialmente unas u otras decisiones, lo haga sobre la base de informaciones procedentes de consultorías e investigaciones técnicas geológicas independientes. No hay ni cabe, pues, enredo alguno en lo dicho.
Le cuenten lo que le cuenten, concluyo que, tal y como está organizado todo esto por parte de “unos” y de “otros” gestores (y de sus seguidores), ese deseo de desarrollo sostenible es a día de hoy prácticamente imposible e inviable si se mantiene la desconsideración - por parte de “unos” y de “otros” gestores- hacia las razones geológicas, hidrogeológicas, volcánicas, tectónicas, sísmicas, etc. La distribución espacial de los epicentros de los terremotos en el sureste de Castilla-La Mancha, por ejemplo, así lo demuestra.

* Doctor en Ciencias Geológicas


22/06/2018 | Pedro Rincón Calero*
 
     
 
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