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Catalina del demonio
En el Iº Aniversario de la muerte de Francisco Nieva


Aunque muchos estudiosos han puesto el teatro de Francisco Nieva en relación con las vanguardias europeas – extremo éste que no podemos negar -, la obra dramática de Nieva, sin embargo, hunde sobre todo sus raíces en la gran literatura española, de la que el Auto Sacramental ( Agustín Moreto, José de Valdivielso, Calderón de la Barca ) y el costumbrismo ( Mesonero Romanos, Ramos Carrión, Hermanos Álvarez Quintero, Ángel Ganivet ) son grandes exponentes que conforman gran parte de su obra inmoribunda. Ejemplo de ello es la gran pieza dramática “Catalina del Demonio”, en donde al ocurrir el asunto en la época decimonónica, en donde con mayor contundencia eclosiona el movimiento costumbrista, Nieva utilizará la misma estética literaria con elementos de novela gótica y un lenguaje de sabroso casticismo zarzuelero. “Catalina del Demonio” es así una obra neocostumbrista y un alarde de recreación de una literatura ya extinta. La estética costumbrista construye un marco sobre el que Nieva siempre levanta lo fantasmal y ominoso ( “El Fantasma del Novedades”, etc. ). Aquí desarrollamos cinco elementos que configuran la estética costumbrista, una estética que se conjuga perfectamente con el realismo histérico de nuestra gran Literatura. También por esto Francisco Nieva es un autor españolísimo.
“Catalina del Demonio” nos presenta temas delicuenciales, apariciones terroríficas, fantasmas, morbosidad necrófila, amores malditos, aquelarre de envenenamiento universal y espanto en un marco en donde el lenguaje popular y castizo sirve de contrapunto a un asunto decididamente gótico y terrorífico. Hasta Nieva la literatura castiza y costumbrista, de inconfundible gracejo español, portaba asuntos alegres y populares, que representaban la vida de un pueblo, que con sus alegrías y penas, encaraba la vida con un “espíritu nacional” inequívoco. La estética costumbrista y castiza retrata la vida popular en representantes muy a propósito del alma popular-nacional y los argumentos que viste versan sobre amoríos, desencuentros y pendencias nunca cruentas. Pero nunca hasta Nieva lo castizo y popular, con entrañables frases hechas y modismos, con sus modos desenfadados y sandungueros, sirven para construir lo ominoso, lo fantasmal y lo maldito.
Otra característica de la estética costumbrista española es el cruce y trato de las distintas clases sociales ( del aristócrata al mendigo ) con una desenvoltura total, desconocida en cualquier otra literatura nacional. Aquí, en “Catalina del Demonio” las relaciones entre las distintas clases sociales es absoluta, y el distanciamiento respetuoso de los de abajo para con los de arriba inexistente. Aquí una condesa barbiana y enamorada se roza con la hez social y los marginados y delincuentes con una naturalidad increíble para cualquier otra literatura, pero que para el lector español resulta no sólo verosímil sino también familiar.
Otro rasgo formal del costumbrismo es la recreación arqueológica de la época en que sucede la historia o asunto: arqueología del atrezzo, del vestuario, de la escenografía, de la tramoya, del montaje. Y en esta terrorífica Catalina del demonio Francisco Nieva es todo un maestro en esta arqueología de vestir la época. La fidelidad del detalle. El decorado y la indumentaria adquieren más valor en el teatro costumbrista. Sin embargo, aquí ni la envenenadora Catalina, ni el malvado taciturno Gregorio Vega, “que tiene la sangre fría y el silencio de los sabios alojado en la caña de los huesos”, ni el necrófilo Hermano Juan, ni Gocito, ni la hermosísima condesa Dolores, “que se invitaba a tomar el té y te daba conversación en francés, porque es muy sabia y muy licurga”, desaparecen bajo el espectáculo de sus botones, de sus pliegues, inflados por el fuelle de Eros, de sus sombreros y de sus postizos. El decorado y la indumentaria proporcionan verismo epocal, pero éste no se traga el texto magnífico. La indumentaria no tiene la misión de seducir la mirada, sino de convencerla. El teatro costumbrista es una fiesta del cuerpo humano vestido. El vestido diagnostica el tiempo y las épocas.
La música que festonea una pieza costumbrista tiene que ser popular, y aquí el popular organillo madrileñísimo es el alma de este microcosmos fatal, que apenas se alivia con un vino de Valdepeñas, con pelos y duro. Sólo el piano móvil popular puede expresar con su manubrio el alma de un mundo de envenenadores de bajos fondos, secluidos de los cargos administrativos. El propio Gallopinto loquaz nos presenta a lo que estamos asistiendo.
- Dime lo que vienes a hacer aquí, en esta comedia de costumbres.
Catalina fue en su día una niña de provincias inocente, que creía que lo mejor de la vida y el mundo eran las Navidades y el agua de colonia. Puro inicio de la crónica amarilla de una asesina popular. Y es que es propio de la escuela costumbrista crear cierta atmósfera folletinesca, como fundamentándose en hechos reales que en su día contó escandalosamente una prensa amarilla, muy del pueblo y los vecinos, en forma de crónica cercana a los poemas de ciego. Pues en Catalina del demonio hay mucho de esto. Por ejemplo, el personaje del Hermano Juan lo coge Nieva de una figura que cruza En Árbol de la Ciencia, de Baroja, y dado que también aparece en algún texto de Unamuno, podríamos presumir que de hecho existió en Madrid alguien muy parecido a este necrófilo “simpático y buen compañero”. Por lo demás, existiese o no el taciturno asesino de Argamasilla, “sangre de Caifás” – el personaje más denso a pesar de su mudez parenética: “sigue, sigue” – y la envenenadora enamorada, estas dos encarnaciones son extremadamente folletinescas, de pura crónica de asuntos criminales finisecular – finisecular del siglo XIX, claro -.
Catalina del Demonio, obra maestra de Francisco Nieva, del que hoy se cumple el primer aniversario de su muerte, y que ya parece olvidado en este triste país de mediocres malignos, que sólo aceptan la autoridad pecuniaria y desprecian con impotencia aquella otra de la genialidad y la virtud. Honor y gloria a Francisco Nieva.


13/11/2017 | Martín Miguel Rubio Esteban
 
     
 
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