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Carta de ajuste, despedida y cierre



A veces el tiempo nos coge por sorpresa y todo parece que se acabe y nos disponga hacia el olvido. Siempre he sospechado que alguien guarda fotografías de nuestros momentos íntimos y que si nos dejamos llevar por los instintos seríamos capaces de reconocernos en ellas y en las que ahora podría jugar a repasar.
Hace tanto tiempo que todo empezó, hace tantos años que me dedico a atesorar sonrisas, que casi he perdido la cuenta.
¡Es hermoso pensar en los sueños cuando estos se han cumplido!
“Mira –me decían-- a los niños no se les comprende porque parecen siempre querer adelantarse a las cosas y juegan a tener sueños de mayores”. Y yo sonreía como si no entendiera o como si no supiera. “Maestro, si yo quiero ser bueno, lo que pasa es que se me olvida”.
Quizás ya va siendo la hora y haya revuelo de despedida, quizás sea el momento de ir apagando luces y dejar que un telón caiga para que otro se abra y desfigure los desasosiegos y transforme las leyes del tiempo.
Cada sonrisa asustada de estos años, cada mirada escondida o cada gesto sin nombre están ahora aquí y estarán, después, en la retina de este hombre que se marcha.
Dejadme ponerme el último disfraz de “pedagogro” o de “maestro enrabiador” y todo comenzará a girar de nuevo cuando la memoria se pose y las sombras pongan el misterio en las vetas de plata de la noche, pero nunca será un adiós.
Y esas fotografías me susurran: “La educación tiene los ojos azules, como las hadas y finge jugar a quererte, pero nunca entendió de vocaciones”. “Eso es para otros –solía gritarme para que la entendiera--. No, no quiero corazones tiernos albergando caridades”.
Y yo la creía cuando veía maestros implicados cargados de ínfulas y repletos de novedades, aunque a veces se vistieran de desdenes. Y sabías que te quería porque cuando la tenías cerca irradiabas felicidad y temblaban los ojos vueltos hacia ella. “Dímelo de nuevo” –me suplicaba. Y yo le recitaba como si de una lección aprendida se tratara lo que añoraba oír: “La educación hace extraordinarios a los niños normales y normales a los niños extraordinarios”. Y ella se rebullía en su asiento colmada de dicha.
Ahora ya, a calladas cerraré el aula, cruzaré los pasillos y bajaré la escalera, con el alma cuajada de recuerdos, pero resguardado por los cariños que habéis sabido darme y que en vuestra infancia guardáis en el estuche donde viven en complicidad los lapiceros mordidos, los sacapuntas, los borras y los colores de dos puntas.
Y, cuando los días de verano hagan el milagro de alargarse en oro, comenzará a caer sobre los que fuimos el bien del olvido y la vida se abrirá a otras voces y los sartales de corales y de plata anunciarán otro invierno y otras luces que, al final, se habrán de llevar también los fríos.
¡Muchas gracias por tanto… ¡ ¡Ah, y no dejéis que lo que la vida os ha regalado, nadie os lo arrebate! Besos.

PD. Y recordad la frase por la que hemos luchado y que alguien grabó en nuestros corazones: “Sólo la educación es capaz de hacernos libres”.


04/07/2017 | Tomás Megía
 
     
 
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