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Las olas de la mujer



Los avances en la igualdad nunca han obedecido a hechos casuales. Han respondido al empeño constante y decidido de mujeres que se han manifestado para transformar una realidad que nos ha discriminado. Es bueno conocer lo que nos ha precedido, da una perspectiva de donde estamos. Hoy al mirar hacia atrás se ve que no ha sido un camino fácil.

A finales del siglo XVIII la Revolución Francesa,-cuyas ideas se resumen en tres: Igualdad, Fraternidad y Libertad- se instauró un código civil en el que la ley sancionaba a las mujeres a una inferioridad jurídica y política; excluía a las mujeres del principio de igualdad, negándole el derecho a la ciudadanía. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), no incluía a las mujeres -La Declaración Universal de los Derechos Humanos fue aprobada en 1948 por la ONU-; recoge los derechos humanos considerados básicos, reafirmándose en la dignidad y el valor de la persona humana y en la igualdad de los derechos de los hombres y mujeres.
Rousseau, (1712-1778) filósofo y escritor francés, en su libro El Contrato Social o los principios del derecho político (1762) excluye a las mujeres en su discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, manifestando que:

“La política pertenece a los hombres igual que les pertenece la racionalidad, la jerarquía, la cultura, el temple, el valor, el carácter y el acuerdo. Las mujeres deben de estar excluidas de la política y limitarse al buen arreglo de la casa, la obediencia, la dulzura, y en general, a facilitar la libertad y el éxito de los varones a cuya autoridad han sido subordinadas”.

Más tarde en 1804, El código civil napoleónico restringió a las mujeres al ámbito de la familia; convirtiendo a los hombres en sus jefes. Vetando los derechos civiles, estableciendo el principio de autoridad del padre o del esposo, por lo que la mujer solo era considerada hija o madre, en poder de sus padres, esposo e incluso hijos.

Paralelamente en el tiempo, surge La Revolución Industrial (segunda mitad del S. XVIII y principios del XIX), coincidiendo con las decisiones y leyes mencionadas. Las mujeres sufrirán directamente las consecuencias de la nueva situación económica y social. Las mujeres proletarias fueron incorporadas masivamente al trabajo industrial, como mano de obra barata y más sumisa que los varones. Las mujeres burguesas quedaron enclaustradas en el hogar, lo que representaba el triunfo del varón.

En este contexto las mujeres de la burguesía, expresan su indignación ante su status de propiedad legal de sus maridos. Sin derechos políticos ni civiles, sin formación y sin trabajo, la única salida era el matrimonio o la pobreza. Las mujeres de las clases trabajadoras se ven obligadas a trabajar en fábricas o industrias domésticas para poder ganar un salario, percibiendo un tercio o dos inferior al de los hombres. Se intentaba justificar que si la mujer era soltera no necesitaba mantener una familia, y si era casada su marido la podía mantener. A esta etapa se le conoce como “El Feminismo Ilustrado”.

La defensa de los derechos de la mujer ha sido una carrera de relevos a través del tiempo y del espacio. Comienza la Primera Ola: El Sufragismo femenino. Este movimiento sufragista se rebeló contra esta situación. Es entonces cuando grupos de mujeres comienzan a organizarse en torno a la reivindicación del sufragio universal y a luchar por la igualdad. La estrategia era conseguir el derecho al voto y el acceso al Parlamento para cambiar las leyes y las instituciones. Es el medio que les permitirá unir a mujeres de clases sociales y opiniones políticas muy diferentes. El sufragismo tuvo dos objetivos concretos: el derecho al voto y los derechos educativos, los cuales se consiguieron a través de tres generaciones.

En España las ideas de la Revolución Francesa: igualdad, fraternidad y libertad tuvieron muy poca incidencia. La práctica ausencia de la Revolución Industrial y la influencia de la Iglesia Católica, defensora del papel exclusivo de la mujer en la familia frenaron, sin duda, la filtración de las ideas emancipadoras que se extendían por los países europeos y por Estados Unidos. El voto universal para las mujeres se consiguió en la II República, no llegó a ser un movimiento sufragista con capacidad de movilizar. La consecución del voto fue el resultado de la lucha de una mujer: Clara Campoamor, ella defendió la igualdad de todos los seres humanos. Lamentablemente éste derecho y tantos otros, no solo para las mujeres sino para todos los ciudadanos, se vieron una vez más truncados con el levantamiento militar de 1936.
Se ha dicho que el siglo XX ha sido el de las mujeres por la incorporación de la mujer en la vida pública. En la Educación, totalmente. En el empleo, en buena medida. En la política y toma de decisiones, todavía falta. En cuanto a la vida privada es cierto que ha habido un cambio de mentalidad y se ha abandonado la idea de que nuestro destino “natural” es cuidar de una familia. Pero sigue produciéndose el mismo conflicto de siempre: el cuidado de la familia y el del hogar. Para resolverlo surge el nuevo contrato social entre ambos géneros: el compromiso a compartir las responsabilidades familiares, el trabajo y el poder, superando los roles sexistas.
Pertenezco a esa generación de mujeres que han conseguido autonomía a través del trabajo, heredera de las corrientes feministas de la revolución sexual; donde se combinaba la libertad con la coquetería. La revolución en la moral, las costumbres y los modales, se iba produciendo en paralelo a la renovación legislativa, también en la educación, la salud, la sexualidad y en la pareja. Se buscaba ser una mujer distinta, liberada, una igualdad entre hombres y mujeres. Es la llamada Segunda Ola: Movimiento o Liberación de la Mujer. En el ámbito laboral, nos incorporamos a un mundo construido y definido por los varones. Debatiéndonos constantemente entre la atención al cuidado familiar, el trabajo asalariado, la participación social y política. Con el desgaste y tensión que esto supone. Manejamos el tiempo de forma circular y global, consiguiendo estar en todos los espacios de forma simultánea.
Ante esta realidad y toma de conciencia se requiere un “nuevo contrato social”, La Tercera Ola; es decir el compromiso entre hombres y mujeres para compartir responsabilidades públicas y privadas, de forma que no haya impedimentos para ninguno de los sexos en el desarrollo de cualquier actividad.
Hemos Llegado al siglo XXI exigiendo pariedad en los órganos de poder tanto políticos como sociales; es decir una mayor presencia equitativa como modo de lograr influencia social y poder cambiar la sociedad. Porque la única forma de mejorar las cosas es participando en ellas: solo así las mujeres podremos decidir en función de nuestros intereses de género y conseguir la igualdad real de oportunidades.
La filosofía del término “empoderamiento” es el proceso mediante el cual los individuos obtienen el control de sus decisiones y acciones. El empoderamiento es algo que “no se da”, se toma. Depende del deseo, motivación y capacidad de búsqueda de lo que una quiera. Por lo tanto, hemos de crear las condiciones adecuadas para que nazca en cada una de nosotras esas cualidades o potencialidades que todas llevamos dentro. Pero no todas podemos llegar a ser aquello que aspiramos; la competencia es parte de la naturaleza y hay momentos de la vida en las que las personas debemos enfrentarnos a decisiones complejas y tomar una opción.

El mundo se elabora de miradas y de esto se trata hoy: contar como vemos el mundo, nuestro mundo. Bien es verdad que para tomar decisiones, es necesario conocer aquello de lo que se pretende trata sin arrogancia, aunque acompañada de entrega y dedicación. ¿Cómo se puede llegar al empoderamiento?,: -aprendiendo a ejercer con responsabilidad la autoridad (ser yo misma), haciéndose de manera que yo creo que tengo que hacerlo y no cómo otros quieren que lo hiciese, a través de la conducta asertiva: defendiendo mis propios derechos al tiempo que respetando los de los demás.

Hay personas que se resignan a su suerte y no reivindican lo que les pertenece de hecho y por derecho. Reclamar la mejora de las condiciones de trabajo (horarios, seguridad, permisos, salario…) nos puede llevar a la Acción Sindical. Involucrarnos en un proceso de participación social a favor de los trabajadores y trabajadoras, esforzándonos para conseguir una sociedad igualitaria en la que no haya ningún tipo de preferencias ni desigualdades. ¿Y en el ámbito privado?, ¿Cómo logramos poder transformar en el ámbito familiar este proceso de superación de empoderamiento?. Aprendiendo a vivir de acuerdo a nuestras prioridades, adquiriendo el hábito de establecer un orden que refleje nuestros valores y objetivos. El tiempo está supeditado para lo que queremos hacer, cuando no se sabe cuáles son las prioridades, de repente aparece el decir “no tengo tiempo”. Los hijos deben de reconocer a sus padres como líderes del grupo familiar. Cada uno de nosotros como individuos que somos, tenemos distintas formas de ser y de ver la vida, carácter, trabajo, gustos, aficiones, etc. Pero varias cosas en común: sentimientos, cuidado del hogar y de la familia. Compartimos los espacios y la economía. Las tareas del hogar (limpiar, planchar…), tareas no muy placenteras-, pero muy necesarias. Nos gusta vivir en un espacio limpio, ordenado, deleitar la comida, ropa limpia y planchada… y para lograrlo y tener beneficios. Se firma el “nuevo contrato social entre hombres y mujeres”. Este contrato conlleva compromiso a compartir las responsabilidades familiares, superando los roles sexistas.
Este “empoderamiento” en el ámbito familiar de la corresponsabilidad en las tareas permite compartir el trabajo, el salario, las faenas domésticas, responsabilidades familiares, el cuidado de las personas dependientes, compartir el poder. En definitiva compartir la vida.
Mathatma Gandhi, pensador, pacifista y político indio, dijo: “Sea usted mismo el cambio que quiere hacer” . Una cuarta Ola ha comenzado.





08/03/2018 | Mª Angeles Jiménez García
 
     
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